miércoles, 12 de marzo de 2014

"Toc, toc."

"Toc, toc."
-¿Se puede?

Me incorporo mientras le doy la espalda a la chimenea que estaba encendiendo. No esperaba ninguna visita hasta más tarde hoy. Es una chica morena y pálida. Viste una sudadera gris, vaqueros y unas converse.  Sonrío para mí mismo con resignación.
-Vaya, vaya… Soledad. Cuánto tiempo desde la última vez ¿eh?
No me responde, mientras curiosea por la habitación. Se sienta en la cama, abre algunos cajones del escritorio, bailotea mientras mira el tablón de corcho colgado en la pared. En él hay una foto. Una chica rubia, de labios finos y sonrisa a medio esbozar le devuelve una mirada de ojos verdes desde un balcón sobre un ocaso de fondo. Es un atardecer precioso el de la foto, y a lo lejos se ve el mar. La arranca del corcho con indolencia y se acerca a la chimenea. Le cojo la mano antes de que la lance al fuego. Me mira extrañada. Le arrebato la fotografía, la miro un instante y le doy la vuelta para guardarlo en la caja de cartón que tengo entre las manos. Me detengo mientras leo qué hay escrito detrás. No es la primera ni la segunda vez que lo he leído. Me lo sé de memoria. Y aún así lo leo lentamente bebiéndome cada palabra, siguiendo los trazos con la mirada:

            “Brindemos que hoy es siempre todavía,
que nunca me gustaron las despedidas.
Por todas esas “puñetas” que aún quedan por hacernos.
Allí te espero cara pie =)”

Leo su nombre en la firma, esa pequeña voluta sobre la ce mayúscula, y el rabito alargado de la a final. Dejo caer la foto al fondo de la caja, sobre la postal de Dublín, entradas de cine, y un ticket de un desayuno en San Ginés. Ingredientes perfectos de un guiso a fuego lento. La cierro con un suspiro, y la guardo en el armario a mi espalda.
-¿Has venido por algo en especial? –le espeto. Mis modales no son lo que se puede decir ejemplares desde este lunes. Me da igual. No quiero ver a esta mujer en mi casa.
-¡Ah, si! Se me olvidaba ya. Tenemos visita, Borja.
Frunzo el ceño. 
-No hay ningún “tenemos”. Tú te vas. Ahora. Punto.

Toc, toc”. 

Suenan unos golpes en la puerta a mi espalda. Echo un vistazo a la sonrisita de satisfacción que esboza en su tez pálida, con su insufrible expresión de suficiencia. Me prometo a mi mismo borrársela en algún momento. Paciencia. Me giro hacia la puerta mientras suelto un “¡Adelante!” desganado. Entra un chico alto, rubio como un campo de trigo, de ojos azules como el Ártico escondidos detrás de unas gafas de pasta negra.
-Dile a esa zorra que se largue, o te doy mi palabra que la mato.- Se me arranca una media sonrisa cuando noto cómo Soledad se estremece cuando le oye.
-Ale, desfilando, ya le has oído.- La chica de la sudadera gris me saca la lengua burlona y se marcha. Sabe que acabará volviendo antes o después. Nos quedamos mirando los dos cómo se va de la habitación.
-¿Cerveza, Jack?- pregunto mientras abro el frigorífico.
-La pregunta ofende. Ese chocolate que bebes tú en días como éste es de nenazas.- Me guiña el ojo, cómplice, mientras despunta el primer atisbo de sonrisa que veo desde que llegó.
Le da un trago a su cerveza.
-¿A que no sabes qué me ha pasado éste lunes?
Sonrío con tristeza sobre mi taza de chocolate humeante.
-Créeme. Sí lo sé. Ella estaba aquí esperándonos a los dos.
Se queda con la boca abierta, farfulla un poco y abre y cierra la boca unas cuantas veces. Por fin lo oigo, naciendo de su pecho, esa risa profunda que le caracteriza. Me sumo a su risa, liberándome, sintiéndome más ligero. Choco mi taza contra su botellín de cerveza, mientras me siento a su lado en le sofá y ponemos los pies sobre la mesa al unísono, dejando salir esas últimas carcajadas de quienes han hecho lo que podían pese a haber tenido tanto en contra.
-¿Bueno, qué hacemos ahora?- pregunto.
Se gira hacia la ventana, suspira y bebe otro sorbo.
-¿Ahora? Vivir con esperanzas de nuevo.


Brindamos.


viernes, 28 de febrero de 2014

Cuando el mundo estaba oscuro.

Hace frío. 

La casa está cerrada, estoy abrigado y la calefacción está encendida. Pero hace frío. Lo noto en el pecho. Me sube por las manos y los pies, y me aprieta con su abrazo los hombros, como un viejo amigo. El fantasma de los planes que empiezan a fallar. Tirito y se me pone la piel de gallina. Es esta jodida sensación. No es nueva. Sabe a preguntas sin ganas y huele a decepciones que no quieren ser oídas. Ya nos hemos cruzado antes tantas veces, que la próxima vez creo que se merece que la invite a pasar, y a tomarnos un chocolate o un café, y que me explique qué es lo que falla. Tal vez no haga ni falta. Considerar a una persona como tu prioridad, al igual que tú lo has sido para ella, y ver cómo se difumina. Cómo se escurre entre tus dedos como agua de un pozo, fría y cayendo lejos de ti por mucho que la intentes retener, porque es el agua que necesitas para vivir. Sobrevivir al paso de los días que ella no está contigo. Alimentar esa pequeña llama que es la ilusión, cálida y danzante, tan débil a veces que la más mínima ráfaga de aire la apaga. Y que pese a que intentas cubrirla, evitar que se apague, cuando te giras la ves a tu lado, mirándote, pero sin ayudarte a protegerla.


Es en ese momento en el que te das cuenta de todo. De que no se puede pretender mantener algo, sea un fuego, o una relación, si eres el único que echa leña al fuego mientras ella se dedica a mirar, a esperar que acabe la noche y que a la mañana lejana se pueda calentar en las cenizas de lo que no supo mantener encendido cuando el mundo estaba oscuro.


- "Y me creo que la felicidad raye, pero no que canse. ¿Que quieres bailar con los demonios? Cada cuál que juegue con su caja de Pandora." - LS

martes, 19 de noviembre de 2013

Ella es...



Ella es los dedos que me tapan los ojos. La sonrisa contra mis labios.
Ella es la mano que se entrelaza con la mía. La caricia de su pelo en mi cara.
Ella es un surtido de tartas. Una botella de vino blanco.
Ella es la caricia en mi mejilla. Las ganas bajo el edredón.
Ella es los buenos días de ojos cansados. Las duchas juntos.
Ella es el viento en los acantilados. Los besos junto el faro de Howth.
Ella es el reflejo en la ventanilla. Su cabeza apoyada en mi brazo.
Ella es la foto en mi recuerdo. Los ojos que cantan sin hablar.
Ella es el dolor de mis costillas. Las peleas de almohadas.
Ella es el Temple Bar en la que la bebo sin parar. El sabor tostado de una Guinness.
Ella es una canción en un pub. Ella es Yellow, de Coldplay.
Ella es los paseos por el Liffey. El graznido de las gaviotas.
Ella es el Spire donde todo se cruza y todo se encuentra. Las ganas de fundirme en ella.
Ella es el Fitzsimmon’s, el Club Hell y el Mercantile. Su cintura rozándome.
Ella es lo que hizo que no desayunásemos. Las horas en la almohada.
Ella es las miradas sin ganas de embarcar de los aeropuertos . Los besos de despedida.
Ella es Dublín.


El resto, queda entre nosotros.




miércoles, 7 de agosto de 2013

Souvenirs

Nos miramos. Yo desde el coche. Ella desde la acera. Se acerca dando saltitos. Sonrío. Parece más joven cuando lo hace. Ya ha llegado a la ventanilla del conductor. Se inclina y noto su cabello cosquilleando en mi brazo apoyado en la puerta. Se me eriza cada pelo del cuerpo. Disfruto del momento, apenas un segundo que me estremece.
Dibuja una sonrisa de labios finos mientras me clava al asiento con sus ojos verdes.

“¿Quieres que te traiga algo cuando vuelva del viaje? –Le pregunto.

“Con que vuelvas entero me basta.” –Me mira divertida. Se agacha para llegar a la altura de la ventanilla y pega su frente a la mía. Los cíclopes se miran, sin pestañear.- “Bueno… tal vez si que quiero que traigas algo”
Desliza su mano por mi mejilla, la enreda en mi pelo, tira suavemente mi cabeza hacia atrás mientras me roba un beso, como si atracase un banco a plena luz del día. Espectacular.

A estas alturas de la historia, creo que me quedé sonriendo, pero no como un medio idiota. Más bien como un idiota entero. Sin remedio ni demasiada salvación.

“Tráete ganas de mí”

viernes, 26 de julio de 2013

Parpadeo

Parpadeo.
“Cagao”- espeta mientras me empuja de vuelta al sofá. Me golpeo la cabeza contra el armazón. Ni lo noto apenas.
Parpadeo.
“Cagao”- susurra, casi para sí. Como si no fuese solo a mí a quien increpa. Se inclina hacia mí, sobre el sofá.
Parpadeo.
Su frente contra mi frente. Su nariz contra mi nariz. Mis labios buscando los suyos. Los suyos materializándose sobre los míos. Suavidad. Ganas.
Parpadeo.
Su boca, cerrada. Una puerta hecha de labios finos. Y de pronto, se abre. Primero una rendija. Luego se ensancha. Una sonrisa tímida saluda desde el umbral. A bocajarro contra la mía.
Parpadeo.
Su mirada, expectante. Me clava al sofá sin preguntar si puede. Se vuelve a inclinar.

“Vaya, vaya…”


Sonrío.



Parpadeo.




domingo, 9 de junio de 2013

"Juguemos"


“¡Eh chico! ¿Quieres probar suerte?”

La pregunta atraviesa la distancia que me separa de la mesa, a pesar del ruido que impera en la sala. Se nota el ambiente cargado de humo de tabaco, de olor a humanidad, olor a vidas perdidas en una mano desafortunada, a cielos ganados con faroles. Podría cortarlo como si rasgase un papel. Echo una ojeada a la mesa. He estado mirándola a menudo desde que entré en este lugar. Intento hacer memoria de cómo he llegado a acabar aquí. Para mi alivio, no lo recuerdo. Buena señal, a menos que me hayan drogado sin saberlo, estoy en un sueño. Eso me da la seguridad suficiente como para aceptar la invitación al juego. Me siento en el lado opuesto de la mesa. Él me mira de hito en hito, presintiendo una presa fácil. Se cree ganador ya. A lo largo de la noche ya ha desplumado a prácticamente todo el que se ha sentado en su mesa, salvo a un par de personas sentadas a mis lados. Es curioso. Ambas son mujeres. Tal vez le gusten, tal vez sean sus compinches. A lo mejor solo son víctimas del agujero negro en el que se ha convertido la mesa, a las que despluma lo máximo que puede sin llegar a arruinarlas, manteniendo viva su esperanza de jugar y conseguir recuperar lo que han perdido. ¿Ilusas? Puede. Seguramente no saben donde están jugando. Ni a qué. Admito que yo tampoco. Pero la mesa vibra, riela ante mis ojos, me susurra seductora. Echo un vistazo a la chica de mi derecha. Me resulta vagamente familiar. Es guapa, tiene buena figura, pero la cascada que es su pelo oculta su cara inclinada sobre la mano que nos acaban de repartir. Suspiro. Si se da bien la noche tal vez pueda proponerle tomar algo, o cenar. Quién sabe. Sacudo la cabeza, alejando sueños y fantasías. Si juego pensando en algo que no sea ganar la partida, estoy perdido. Para mí la mesa está fría aún, mientras que en para mi anfitrión tiene la agradable tibieza de las partidas ganadas sin hacer nada, fáciles.

Se acerca un crupier auxiliar a preguntarme si voy a querer fichas. Saco algo de dinero de la cartera y lo cuento, calculando cuánto puedo permitirme perder en el caso de no conseguir levantar la partida. Pero en ese momento le miro, intentando evaluar por su actitud de gato desperezado cuan seguro está. Bastante, por lo que parece. Demasiado para ser mi propio sueño, de hecho. Le dedico una de mis mejores sonrisas de ganador y clavo mis ojos verdes en sus pupilas oscuras, al tiempo que le doy la cartera entera al crupier. Veo que empieza a sonreír abiertamente, con la arrogancia de quien se sabe vencedor de la timba. Así que agarro al crupier por la manga para que espere, y me desabrocho el reloj, despacio,  con parsimonia, dándoselo mientras esgrimo una sonrisa de tiburón que me daría miedo hasta a mí mismo de poderla ver.
-Pensaba que el reloj se lo reservaría para partidas posteriores- Le veo ponerse serio e incorporarse en su silla, curioso-. No que lo apostaría directamente en la primera ronda.

Ahí está, la primera rotura, la primera grieta en su seguridad helada. Ensancho más aún la sonrisa. No me queda más labio que estirar, creo. Esto empieza a ponerse interesante.
La chica a mi izquierda, la de más edad de la mesa, me mira un poco mal, pero a continuación dirige una mirada de admiración hacia el hasta el momento invicto de la noche. Arrugo el ceño. Echo un vistazo a mi derecha y entreveo un brillo azul y el rastro de una media sonrisa. Le guiño el ojo. Al menos parece que no toda la mesa quiere matarme.

-Ya, lo he pensado. Es algo muy preciado para mí, pero ahora mismo me interesa más conseguir lo suficiente como para que podamos jugar a la misma altura. ¿Qué sentido tiene jugar si se juega en inferioridad de condiciones? Supongo que el propio juego en sí, vaya. Y jugaría así, por el placer de jugar si no tuviese intención de ganar. Por eso no me importa apostar mi reloj. Mi tiempo. No hay tiempo gastado que se iguale a vencer cuando no se espera ganar.

Respiro. Lento. Cierro los ojos. Los abro.

"Vamos a ponernos serios. Juguemos".

martes, 4 de junio de 2013

Con ella.



Asomo los ojos por encima de mi cuaderno, La espío. Subraya sus apuntes con expresión concentrada. De vez en cuando, mira el móvil. Se oye de fondo el canto de una fuente, las risas de unos niños en el jardín de al lado, el rasgar de su lápiz al deslizare sobre la hoja. - ¿Estás escribiendo?- pregunta curiosa. Me pilla por sorpresa, y le respondo con un rápido “no”, mientras se me escapa un atisbo de sonrisa. En cuanto noto que vuelve a su lectura, continúo mirándola. Se recoje un mechón de pelo rebelde que le cruza los ojos detrás de la oreja con gesto distraído. Acaba de suspirar mientas pasa la página. Puede que esté cansada, de que llegue por fin el buen tiempo y ella solo pueda disfrutarlo desde el jardín de su casa. Noto que me observa por el rabillo del ojo, dos trozos de azul helado entre una cascada de fuego rojizo. Dejo de escribir, mientras le robo un beso rápido, que provoca que dispare una de sus sonrisas a quemarropa contra mis labios. Me pierdo observando ensimismado la curva que describe su cuello hacia su hombre desnudo, con su pelo trenzado de fondo, brillando, reflejando la luz de la tarde que escapa perezosa entre los árboles.

Tengo ganas de verano. De verla con tiempo libre, no arrancándole horas a los días y sueños a las noches. De perderme con ella por cualquier parte. De perderme por ella, en el hueco de su cuello, en sus manos cogiéndome la cara, en sus ojos azules cuando atraviesa los míos, en ella.

Me caza mirándola, con el boli en la mano, su mano en mi rodilla. Le aguanto la mirada hasta que vuelve a sus apuntes con una sonrisa rápida.

Tengo ganas de verano con ella.

Para la chica pelirroja de los gatos. 

lunes, 27 de mayo de 2013

Camino a lugares seguros.

Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.

La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.

La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que "el tiempo todo lo cura" es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.

La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.

La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.

Pat Rothfuss

miércoles, 16 de enero de 2013

Intocable

Me vuelve a poner la carne de gallina. La oigo salir del ordenador, y siento cómo me envuelve. Cierro los ojos y respiro lento. Casi puedo oler la música. Creo que huele a lluvia, a días en los que llueve mientras empieza a salir el Sol. Porque todos tenemos más oportunidades de las que vemos y están ahí, esperándote, y si las quieres solo tienes que estirar el brazo y acariciarlas. Porque hablar con una sola persona con la canción adecuada, despierta la tormenta tras mis ojos, y estalla rápida como si hubiese estado contenida demasiado tiempo en una botella demasiado pequeña. El milagro es que no se haya roto antes. Intenta atrapar un rayo de sol con las manos, y se escurrirá entre tus dedos como agua. Cázalo iluminando los ojos de alguien, y será tuyo para siempre, brillando mientras tengas memoria.


lunes, 27 de agosto de 2012

Bedtown meeting.



- Mira hacia el cielo. ¿Puedes ver las estrellas? Bien. Dime cuál de todas eres.
+ Soy la que tiene los ojos de miel. Allí, encima de aquellas dos verdes de la derecha. ¿Sabes dónde digo?
Veo por el rabillo del ojo como aparecen dos puntos brillantes en el cielo justo donde señala. Parpadean un poco y se quedan fijas por fin. Sonrío encantado por la magia de la ciudad de los sueños. Podrías hacer que no hubieran distancias con solo desearlo. Desear que aparezcan nuevas estrellas como acababa de hacer ella. O desear que una ráfaga de viento le suelte un mechón de pelo. Lo pienso y ocurre. Sonríe mientras se lo recoge detrás de la oreja. Empieza a mover las manos y mueve las estrellas por el cielo, haciendo que las luces verdes persigan a las de color miel. Le dedico una mirada cargada de significado (¬¬!). Ella ríe.
+ Ooocchei, no siempre me buscas tú. También empiezo yo. Pero solo a veces. –Su intento por parecer ofendida queda desmentido por el guiño que me dedica mientras se incorpora.

Reprimo una sonrisa de pura felicidad. Cierra los ojos y veo que frunce un poco el ceño. Debe estar soñando algo. De pronto, nos envuelve un olor a canela. Ella aspira profundamente y abre los ojos. Me veo reflejado en ellos, a la luz de las estrellas, sentado frente a ella. Me veo como soy, lleno de mis imperfecciones, con mi cicatriz en el labio y mis canas. Me callo mientras pienso que es un sueño, que podría desear cambiar lo que quisiera de mí, igual que yo podría cambiar lo que quisiera de ella: hablar los dos el mismo idioma tal vez... no lo sé. Y sin embargo solo cambiamos lo que nos rodea, las cosas sin importancia: creamos nuevas estrellas, cambiamos el olor de la lluvia por el de la canela, levantamos soplos de viento… Pero me doy cuenta de que es como cuando ves bailar a dos buenos bailarines, cuando son capaces de cargar un movimiento de momentos, sin llegar nunca a tocarse, pero sin alejarse más de unos centímetros. Yo no le toco a ella, y ella no me cambia nada. Como dice la canción, dos gotas de agua, que no chocan por no despertar el huracán que llevan dentro. Es algo precioso. Cualquiera puede verlo. Por eso mismo los dos tenemos tanto cuidado. Porque no sabemos bien a qué estamos jugando, por mucho que agitemos los manuales de reglas delante nuestro.
Pasamos mucho tiempo sentados, mirando al cielo, jugando al escondite entre las estrellas. Pero cuando la noche empieza a clarear, se acerca la hora de volver a casa, de volver tras los mil seiscientos que nos separan. La miro deseando lo único que no puedo soñar, parar el tiempo en el sueño, y tartamudeo el único consuelo que me queda de momento mientras esbozo una sonrisa resignada.
- Parliamo domani?
+ Dai, dai… ‘Notte, patatino.
- Perfecte, na nit ulls de mel.

Despierto por el sol que entra por mi ventana. Parpadeo, sonrío y me levanto. Aún no toca soñar.



sábado, 11 de agosto de 2012

Puedes imaginar


"Puedes imaginar"

¿Sabes qué es hablar con alguien a quien apenas recuerdas haber visto unos pocos minutos en tu vida? Es una mezcla de recuerdos difusos, como fotos pixeladas que intentas aclarar con trazos de tu imaginación. Es algo realmente extraño, esto de la imaginación. Con ver una foto sólo, puedes imaginar como sería el tacto de su piel, si parece suave como el terciopelo, o si su barba te pinchará al posar tu mano sobre ella. Puedes imaginar si sus ojos brillarán como estrellas en la noche, o si su risa será como el sonido de unos hielos al caer en un vaso. Imaginarás que su sonrisa devuelve la luz, y que su mirada tiene el color del cielo, del mar profundo, del bosque en silencio, o de una cucharada de miel. Puedes imaginar cómo sería el ver a esa persona de nuevo, saliendo por la puerta de llegadas del aeropuerto, cargada de maletas, de inseguridad y de nervios. Puedes imaginar cómo cuando te encuentre entre la multitud que se agolpa a la salida de viajeros abrirá los ojos primero, y luego se le disparará una sonrisa de pura timidez, o una media sonrisa que intenta ocultar cuántas ganas tenías de que llegase ese momento. Puedes tratar de imaginar todas las cosas educadas que le dirías por primera vez, incluso cuando sabes que por un momento, tan solo vais a miraros como si no hubiese prisa de nada. Al final, seguramente se te escaparía un precioso “Creía que serías mas alta…” que te hará parecer idiota perdido, pero que hará que ella se ría y que a pesar de todo, hayáis roto esa barrera invisible que os separaba. Puedes imaginar cómo ésta se desvanece, cómo te envuelve su abrazo, y puedes capturar el olor del perfume que se ha puesto antes de salir de casa. Y cuando dejes de abrazarla, sabrás que todas las horas hablando, todas las noches escribiendo han merecido la pena, porque por fin has vuelto a verla, pase el tiempo que pase. No es mezclar sentimientos, desde luego. Es simplemente que aun sin veros, la forma en la que habeis conectado todo ese tiempo os ha llevado hasta ese momento, y lo mejor que se puede hacer, es aprovecharlo en acabar la lista que habéis ido llenando de cosas para hacer juntos. Il tempo vola ;)

http://www.lyricsreg.com/lyrics/sander+van+doorn+ft+mayaeni/Nothing+Inside/

martes, 19 de junio de 2012

Tinta de besos


Su boca... su sonrisa... era el Infierno cada vez que mis labios la rozaban. Quemaban, como hechos del hielo más frío, de la escarcha más abrasadora. Cuando no los tenía, echaba de menos las quemaduras, y cuando los sentía… simplemente eso, los sentía, clavándose sin piedad en mí. Sonrío y no lloro cuando los recuerdo. Los anhelo, los necesito. Cierro los ojos y evoco su mano recorriendo mi cara, desde el nacimiento del pelo, bordeando mi oreja y tambaleándose al filo de mi mandíbula para acabar posándose sobre mis labios entreabiertos como una mariposa sobre una trampa. Beso las yemas de sus dedos, la palma de su mano y apoyo mi mejilla contra ella, como si fuese la almohada perfecta, dispuesto a dormirme y despertarla mañana. Recorro con mis dedos su cadera, la curva de su cintura y provoco que se le erice la piel cuando paseo por la parte baja de su espalda. Se muerde el labio ligeramente de forma peligrosa mientras esbozo media sonrisa, también peligrosa, al ver como en el fondo de sus ojos se enciende una chispa que, cómo no, también es de las peligrosas. Me acerco más a ella y apoyo mi barbilla en su hombro. Se estremece cuando la barba le cosquillea, pero no huye, sino que gira la cabeza mientras me mira de reojo, evaluándome. Recojo un mechón de pelo detrás de su oreja, siguiéndolo con los dedos hasta rozar el lóbulo, sin dejar de mirarla. Por fin, parpadeamos los dos, risueños, y acerco mis labios a su cuello. Su piel lee el “Te he echado de menos” que le dibujo a besos, y cuando pongo el punto final, está sonriéndome.






I cannot go to the ocean,
I cannot drive the streets at night.
I cannot wake up in the morning, 
without you on my mind.

jueves, 3 de mayo de 2012

Azul. Verde. Rojos


Ánimo, te queda el último esfuerzo. En un mes estarás riéndote por cómo estuviste tanto tiempo agobiándote por los exámenes. Sabrás que no era para tanto, pero que era algo que había que aprender pasando por ello. Te veré sonreír feliz mientras la luz pinta de destellos rojizos tu pelo, notaré tu mirada furiosa cuando te tire trocitos de césped y oiré tu risa cuando saltes sobre mí a intentar zurrarme. Vibrar con tu latido frente al mío. Un mes. ¿Qué es un mes? Treinta días de apretar codos, de mentalizarse de ir a ganar, y de superación personal. De estrés, de momentos de histeria y de querer tirar la toalla. De ser egoísta, y de pensar en qué va a marcar tu futuro. A mí no me importa. Quiero que llegues, que lo consigas. Porque cuando sepas la buena noticia, cualquier mal rato se esfumará como humo en el viento. Quiero verte contenta, sabiendo que todo el esfuerzo ha merecido la pena. Cero presión. Que si hace falta no verte el tiempo que necesites, pues se hace. Y punto. Porque era yo quien no creía en promesas, y ahora soy el que las hace y las pone sobre la mesa. Porque no necesitamos un contrato, ni una firma. No hace falta nada de eso. Ya sabes qué es lo único que hace falta. Porque esto no es lo normal, y lo sabemos. Que no hace falta que te digan qué te ha pasado en Mayo. Quiero seguir viendo azul y verde cuando nos despidamos sin vernos. Y rojo cuando estés delante.  

Y pase lo que acabe pasando, me va a dar igual. Voy a cogerte en brazos cuando no puedas seguir caminando. Vas a conseguirlo, porque esto no va a acabar en verano. Porque quiero seguir viéndote el año que viene cuando salgas de la facultad, cuando vayamos a comer con el Maese, o cuando simplemente tengas ganas de unos mimos y me mires para pedirlos. Y sí. Esto es algo más que palabras.

PD: Muchísima suerte mañana!! ^^


martes, 13 de marzo de 2012

Las cosas bonitas a medianoche.


Salimos del coche sin hablar, andando hacia la carretera que cruzaba la presa, despacio, sin ninguna prisa, el uno junto al otro. Enfilamos el paseo lentamente, como si no existiese el tiempo, como si no hubiese reloj capaz de medir ese momento en el mundo entero. Me rezagué un poco, cediéndole el paso al empezar la acera y me quedé quieto un segundo, viendo como pasaba delante mía y comenzaba a andar hacia la barandilla. El viento soplaba con fuerza, arremolinándose a sus pies como si quisiese arrancarle el abrigo y lanzarlo hacia la noche estrellada que había sobre nosotros. Caminaba despacio, haciendo equilibrios en el bordillo, luchando contra el viento, y con el cuarto creciente convertido en una sonrisa casi invisible sobre su cabeza. Se dio la vuelta justo en el momento en el que yo acababa de inclinar la cabeza en el típico ángulo perfecto que seguramente me daba aspecto de idiota mientras le miraba. Me dedicó una de sus magníficas sonrisas. Era una sonrisa de esas que solo con nacer se clasifican en peligro de extinción, sincera y genuina. Salía de sus ojos, bajaba por su nariz fruncida y acababa reflejada en sus dientes, a la luz de las farolas que nos separaban. En ese momento, una ráfaga de aire le desordenó el pelo, jugando con él, metiéndole un mechón entre los labios, lo que me arrancó una sonrisa cargada con toda la justicia kármica del mundo. Me acerqué a ella y comenzamos a caminar juntos, juntándonos y separándonos a capricho del vendaval, como si fuésemos dos hojas con las que el viento juega. Al llegar a la mitad de la presa, nos giramos hacia la barandilla, asomándonos en silencio. Ante nosotros, el agua embalsada se rizaba, con las crestas de las pequeñas olas iluminadas por las estrellas que vigilantes, nos observaban desde el cielo, y por las luces de un pueblo situado a mitad de ladera. Me di cuenta de que estábamos conteniendo la respiración sin proponérnoslo, y extendí mi brazo para acercarla a mí. Ella se dejó atraer, sonriendo cabizbaja para protegerse del viento mientras se recogía el pelo para hacerse una coleta. La abracé por la espalda, de cara los dos al viento y al agua, y hundí mi cabeza en el hueco de su cuello con un ronroneo de satisfacción. Ella subió su mano, acariciándome la mejilla mientras seguía mirando las luces reflejadas en el agua. Giró un poco la cabeza y me dio un beso rápido en los labios y un mordisquito fugaz en la oreja. Decir que me recorrió una descarga eléctrica sería echarle demasiada literatura tópica. Fue más bien como cuando durante una guerra de bolas de nieve, notas cómo una gota helada deslizándose por tu espalda te demuestra que no eres tan invencible como creías. Esa sensación mezcla de sorpresa, gusto, fastidio e inmovilidad. Apreté mi abrazo un poco más, sonriendo.
- Creo que este es el mejor momento que he vivido. Si pudiese, pararía el tiempo en este mismo instante, y me quedaría mirando esta noche sin cansarme. Las estrellas, la Luna, el agua, tú… Es simplemente perfecto. ¿No te lo parece? –canturreó un poco, soñadora mientras se balanceaba delante de mí, asomándose por la barandilla.
- La verdad es que tienes razón, pero puestos a pedir, preferiría que no hiciese este vendaval, que anda que somos listos viniendo hasta aquí tan tarde en pleno invierno. –Me reí por lo bajo un poco, pero paré al ver que ella se giraba hacia mí.
- ¡No! ¡Para nada! –Fruncí el ceño un poco, pues no tenia mucha idea de a qué se refería- Cuando digo que pararía este momento es con todo lo que ello conlleva. ¿Qué sentido tiene quitarle los defectos a algo, cuando son esas mismas imperfecciones las que hacen que sea tan perfecto? –Me miró decidida en la penumbra del paseo.- Me gusta tal y como es. Tiene la perfección de las improvisaciones, de las caricias y de las miradas. Y sí, el viento, el frío, tú y yo,  somos parte de esa perfección. No todo tiene por qué ser ordenado para ser mejor. Le guiñé un ojo, con socarronería, refiriéndome sin hablar a sus pequeños olvidos y desórdenes. Se revolvió un poco entre mis brazos, mascullando por lo bajo palabras llenas de irónico cariño, mientras esbozaba una media sonrisa preciosa.
- Da igual. No voy a dejar que me arruines este momento. –Desistió en sus forcejeos con una sonrisa de satisfacción y apoyó la cabeza contra mi abrigo.- Este es uno de esos momentos en los que no hace falta decir nada, en los que se oye con oler la magia en el aire, y se habla aguantando la respiración en silencio.
- Pues espero que no sea el último. –Susurré en su oído, apenas un murmullo sobre el vendaval.
Más allá de la barandilla, en lo alto, la noche sonreía. No dijo nada. Simplemente, sonrió.

jueves, 23 de febrero de 2012

El mar, las olas y los castillos de arena.


El silencio se hizo entre los dos, imparable como la subida de la marea. Cuando aparté la vista de la ventana, vi que sus ojos brillaban, quizá de la emoción, quizá por miedo, o tal vez, por esa alegría que sentimos cuando algo que sabemos que pasará, acaba por ocurrir. Acerqué la taza humeante de chocolate a mis labios y soplé con suavidad para enfriarlo antes de beber, intentando ganar tiempo. ¿Cómo había llegado la conversación a ese punto? ¿Cómo había podido hacer que me abriese a sus preguntas tan rápido?
Paladeé el chocolate mientras seguía cavilando respuestas que no conseguía cazar.
“¿Sabes qué?” Su pregunta me sacó de mi mente justo cuando empezaba a vislumbrar una salida a la situación. “Sorpréndeme, genio”. Debió de notar mi tono irónico, porque torció el gesto en una media sonrisa que me recordó a la mía propia. “Creo que no tienes la culpa de esto. De todo, entiéndeme.” Abarcó con un gesto toda la cafetería. “ Cada uno eligió su camino en su momento, y pensar en que tantas cosas hubiesen sido tan diferentes a como son ahora. ¿Cuántos tiempo hace que no la ves?” “Desde hace casi tres años” Suspiré, volviendo a aquella última tarde a su lado, en como sonreía, en como le brillaba el pelo, y en el tono de su voz, suave como una caricia en la mejilla, cálida como la sensación de dormir lentamente delante de una chimenea encendida. “Como me pongas los ojos de melancolía, me voy a ir y te van a dar por saco. Quiero que recapacites, que pienses lo que fue en realidad. Seguramente durante todo este tiempo la hayas idealizado tanto que si la vieses, ibas a sonreírle como un idiota aunque te arrugue el ceño al verte. No lo sé. ¿Y si a lo mejor no fue mas que un capricho tuyo? Hombre, te reconozco que era una chica muy guapa, pero…” Se interrumpe cuando aparto mis ojos de la ventana y clavo mi mirada en sus ojos castaños, mientras parpadeo lentamente, con deliberación. Él me conoce demasiado bien, y sabe que mis ojos cambian con el estado de ánimo, y sé que después de parpadear, algo ha cambiado, dejando de velarse por los recuerdos y se han oscurecido, convirtiéndose en un bosque, con sus hojas verde oscuro en el borde del iris, y su color madera pegado a la pupila. Y es un bosque que está lleno de lobos. “No me digas que crees que fue un capricho” Mi voz es apenas un susurro, tan bajo que mi mejor amigo se tiene que inclinar para escucharme, pero las palabras salen de mi boca, inexorables como el paso de las estaciones. “Sólo he sentido algo parecido por alguien dos veces, y la segunda ya la he olvidado. Pero no la primera, no. Me aferré a esa esperanza cuando todo estaba perdido. Y a ti. Fuisteis mis contactos con la realidad, con lo que pude distinguir, y saber elegir con la cabeza necesaria en cada decisión. ¿Que era guapa? Era preciosa, apenas consciente de su propia belleza, como una flor que empieza a abrirse” Imité la media sonrisa que me dedicaba Amadeo enfrente de mí, al recordar la frase de Kvothe. “Era…. ” Resoplé frustrado al no encontrar palabras que merecieran describirla. “Era simplemente perfecta. Tenía defectos, pero era precisamente eso lo que la hacía especial. Tú dirías que tenía el pelo castaño oscuro, los ojos marrones, y unas pocas pecas en las mejillas. Yo te diría que su pelo era liso, suave, del color del café oscuro y que sus ojos solían brillar siempre, estuviese triste o feliz, con una mirada que podía pararte el corazón, y una sonrisa que podía reanimártelo antes de que olvidase como seguir latiendo. No fue un capricho. Por ella no me costaría madrugar y hacer el desayuno los fines de semana, o pasar frío mientras espero a que salga de clase en la facultad. A ella no la querría llevar a la cama, sino a las estrellas. No habría ninguna mujer más feliz en la Tierra entera, pues su felicidad se convertiría en mi vida.” Me levanté de la silla acercándome a la pared y volví a mirar por la ventana, viendo como los últimos rayos de sol se iban a dormir. Oí que él también se levantaba, y sus pasos hasta que apareció a mi lado. Nos miramos entrecerrando los ojos para que el Sol no nos deslumbrase, con los ojos de quienes se han escuchado tantas veces que no hace falta hablar a veces para decirlo todo. “Lo sé, nano, lo sé. Y sé que si desde que te fuiste  no has cambiado de opinión, es porque realmente no es una tontería. No eres ese tipo de persona. Si tengo que confiar en la opinión de alguien, es la tuya. No te preocupes, la vida da muchas vueltas, y quien sabe cómo acabaremos.” Sonrió por fin, y las arrugas de preocupación de su frente desaparecieron como si nunca hubiesen existido. Me pasó un brazo por los hombros, reconfortándome. “Pero como vuelvas a mirarme como antes, pagas tú.” La risa subió por mi pecho, volviendo a dejarme tranquilo, como una ola que derrumba un castillo de arena hasta no dejar nada. Le guiñé un ojo mientras me giraba hacia la barra “Doncs no deixes que m’enrecorde”. 

martes, 21 de febrero de 2012

Días, días y días.


Hoy ha sido uno de esos días en los que me habría quedado metido en la cama, sin hacer nada, salvo taparme y oírme respirar, concentrado en hacer lo mínimo posible. Un día de esos en los que te levantas, y al asomarte a la ventana, y ver todo cerrado, con las montañas tapadas por un manto gris y blanco, decides que aun es demasiado pronto para hacer algo de provecho. Días en los que necesitas poder llamar a alguien y decirle “Te necesito ¿Tienes un hueco para que nos veamos?”. Esa clase de días en los que echas de menos que alguien te acaricie la cara suavemente mientras te canta bajito al oído una canción tranquila, o echas de menos el poder quedar con tu mejor amigo, recogerle en su casa y dar un paseo hasta el parque de siempre, sentarte con él y hablar y hablar sin parar, hasta que tu móvil empieza a vibrar de la impaciencia de tus padres, y despedirte, y que él te dé un abrazo y te diga que mañana habláis, que pase lo que pase, él está ahí para lo que necesites. Días de esos en los que no oyes a los lobos aullarle a la luna azul, ni ves a un lince sonreír, ni cantas con la voz de las montañas, ni por supuesto, descubres colores en el viento. Días en los que echas de menos el tener a alguien en quien apoyar la cabeza y llorar hasta quedarte dormido. Días en los que los silencios deberían ser compartidos y no solitarios, con la tormenta en el fondo de tus ojos y los labios esbozando una sonrisa triste. Hoy es uno de esos días en los que te das cuenta de qué poco vale todo lo que se tiene comparado con todo lo que se desea. De esos días que miras al pasado, sientes el presente, y no te gusta. Días de arrepentirse de no haber dicho lo que se debería haber dicho en su momento, de lamentar oportunidades perdidas y de lágrimas con ganas de respirar por primera vez. Días en los que no te gusta como han acabado algunas cosas, en los que tienes miedo a no saber que te encontrarás a la vuelta a la universidad. Días de escuchar con los ojos cerrados con fuerza “Nothing else matters”. Días en los que decides jugar y descubres que el juego está pensado para jugar por parejas y no solo. Días en los que tomas la decisión de tirarte al fango, y el no saber si ella te sigue te va entristeciendo poco a poco. Días en los que piensas que 2012 no empezaba tan bien como parecía. Días en los que necesitas el consejo de un amigo, el abrazo de un hermano y el beso de una mujer.

Sí. Hoy ha sido uno de esos días. Suena Xenon, “Guárdame un secreto” cuando acabo de escribir.

lunes, 20 de febrero de 2012

Otra vez 31


Otra vez, me vuelvo a encontrar aquí, justo esta tarde, delante del ordenador un 31 de Diciembre. Creo que este es el momento de mirar hacia atrás y hacer balance de este año, de todo lo bueno que ha traído, y también de todo lo malo, pues han sido ambas las que me ha llevado hasta aquí hoy. Suena “Verbo”, de Nach en el reproductor y me lanzo a recordar.

¿Cómo empecé al año? Creo recordar que bien, todo era genial, me iba todo a pedir de boca dentro de lo que cabía, la universidad tirando, amigos con los que salir, unos padres con los que discutir, un hermano al que dar por saco, y una chica a la que amar… Creo que no debería quejarme demasiado. De cómo se fueron torciendo las cosas antes de llegar a la mitad del año, mejor no hablar, y de cómo no pude o supe verlo antes, mejor ni pensarlo siquiera. A mitad de año me encontré de una forma que no le deseo a nadie: solo, sin ganas de seguir adelante, sin interés por nada, sintiendo que cada día caía un poco más abajo si es que se podía, a punto de tirar la toalla y mandar todo al carajo, la universidad, los amigos, la familia, todo lo que me gustaba y hacía que el mundo fuese interesante y lleno de color comenzó a titilar, como cuando soplas una vela una vez tras otra hasta que parece que se va apagando poco a poco, y acabas ahogándola con un último soplido. Y yo no fui diferente a esa vela, y supongo que ahí es donde empecé a caer sin remedio. Nada me consolaba, ninguna palabra animaba lo suficiente, ningún abrazo apretaba lo suficiente, ninguna caricia me provocaba escalofríos. Y aun así no tirasteis la toalla, seguisteis a mi lado cuando más lo necesité, y por vosotros va lo que escribo hoy, porque no me creo la suerte que he tenido con todos vosotros, y que simplemente estar a la altura cuando cualquiera de vosotros lo necesite. Me parece que no hacen falta nombres, más que nada porque no acabaría, o me olvidaría de alguien seguro. Y ahí me veo ahora, desde lejos, saliendo poco a poco, como si fuese un bebé que aprende a caminar y empieza a dar sus primeros pasos, ayudándose de la mano que se le tiende. Costó salir del hoyo, pero me siento satisfecho, desde luego. Finales de verano, fiestas de Moral, con todo casi totalmente superado, y una chica que me hizo saber que sólo hay una mujer en nuestra vida, pero que hasta que la encontremos, no viene mal conocer, probar y atreverse. Inicios del curso, otra vez Septiembre, y con unas ganas que no había sentido desde que comencé la carrera. Creo que éste ha sido el año en el que he disfrutado de lo que es estar en la Universidad, los amigos, el ambiente y la libertad. Notar como los trozos de lo que éramos todos el año pasado se forjan en algo cuanto menos, interesante. Notar como una amiga pasa a ser algo raro para ti, sin ser algo más, pero sin ser algo menos. Notar qué es el deber cuando en vez de estudiar antes de un examen, te vas a consolar a un amigo que está pasando por lo que yo mismo pasé en verano. Volver a Valencia, y ver que nada ha cambiado, que Arturo sigue haciendo lo que le da la gana, que Carlos sigue siendo el mismo pícaro de siempre, que amadeo no deja de crecer y que los niños del Club siguen creciendo y te recuerdan todavía con calor. A volver a sentirme parte de un equipo, y volver a jugar al deporte que más me gusta y sentirme completo por ello.

Me separo del teclado un momento  y me masajeo entre los ojos. Realmente, ha sido un año intenso, lleno de alegrías y tristezas, con sus partes para guardar en álbumes de fotos y sus partes para quemarlas sin que nadie te vea…  Sí, creo que la palabra es intenso, sin duda.  Un año en el que he aprendido, y mucho: Lo interesante que es la microbiología, lo poco que duran las palabras y lo mucho que dura la amistad sincera. A ver que el mundo no acaba por que se te rompa el corazón, sólo que se vuelve un poco más frio, aunque todos sabemos en nuestro interior que después del invierno, llega la primavera, y que todo lo que muere, acaba por renacer antes o después. A descubrir que las amigas están para eso, para serlo, y no para nada más, aunque lo haya aprendido por la via difícil. A perdonar todo a su debido tiempo, a ver que no tiene sentido seguir odiando a nadie por mucho daño que nos haya hecho, porque no nos lleva a ningún lado nunca. A no preocuparme por las cosas que realmente no importan, si no a centrarme en las que realmente sean las importantes de verdad. Sé que me queda muchísimo por aprender este año que va a entrar, y que en esta vida hay tiempo para todo. Las prisas solo nos llevan a morir antes, y ese no es el objetivo de lo que hacemos aquí. Este 2012 empieza esta noche, y espero que sea igual de sabio  y que tenga las mismas ganas de enseñarme que 2011.  Para todos los que hayáis llegado hasta aquí, desearos una feliz salida de año, y una mejor entrada en el que se nos viene encima. Ale, a ser felices =)

Bueno, esta entrada lleva unos meses de desfase, la escribí el día 31, en un momentín que tuve para reflexionar un poco, entre el ajetreo de preparar la cena de Nochevieja, finiquitar los planes de salida, etc...

Miradas que no reflejan



El reflejo en el cristal me mira, en silencio, imperturbable, ajeno a la tormenta de pensamientos que hay tras mis ojos. En la penumbra del autobús en el que voy, su mirada es fría, calculadora y sincera, muy distinta a la cálida y verde mirada que visten mis iris cuando captan la luz del sol por las mañanas. Noto cómo se desenfoca mi mirada, y cómo voy siendo arrastrado hacia la tormenta como una mariposa en medio de un vendaval. El rugido del motor me saca de mis ensoñaciones, haciendo que consiga despegar mi vista del espejo negro en el que se ha convertido la ventana. La tormenta amaina poco a poco, mientras cierro los ojos y me masajeo el puente de la nariz lentamente. Son tantas las cosas que han ocurrido en tan poco tiempo, qué no termino de asimilarlas. Cierro los ojos suavemente, e intento despejarme y reflexionar con algo de claridad. Noticias no del todo inesperadas, que no es que no despierten los sentimientos que preveía: Es que no despiertan nada. Pienso en ello mientras el bus deja atrás el intercambiador, saliendo a la nocturna tarde madrileña. Me recuesto en el asiento, mientras medito cómo me siento, y cómo me debería de sentir. Al cabo de un rato, llego a la conclusión de haberme saltado algún paso en la superación de mis problemas y que, si bien ha hecho que saliese del paso con una rapidez inesperada, también hace que me plantee si hay trampa en todo esto. Sacudo la cabeza, y hundo las manos en mi pelo. Desconecto mi mente del lado oscuro, y encuentro una luz que brilla débilmente, con el miedo del superviviente de una matanza, y con la firmeza de las nuevas esperanzas. Supongo que no debería dejarme llevar por el calor que promete esa luz, pero hay demasiadas balas para esquivarlas todas y demasiado cielo para tan pocas alas. Además, oigo el tintineo del llamador de ángeles que cuelga de su cuello, enredado en hilos del color del trigo maduro, y decido no resistirme a su sonido. Nunca es bueno estar solo, y la sensación de calor crece cuanto más tiempo estoy cerca de ella. ¿Por qué no intentarlo? Al fin y al cabo, se acerca el invierno, y yo no soy más que un niño del verano que perdió su manta olvidada en el arrollo en el que se bañaba durante la primavera.

domingo, 19 de febrero de 2012

Tardes de Mr. Choc


El eco de mis palabras se apagó lentamente. No se oía nada. Estábamos callados, llenando de silencio su habitación, cada uno pensando en lo que yo acababa de decir, supongo. No era un silencio incómodo, como cuando conoces a alguien con quien no tienes nada que hablar, o como cuando no te sientes a gusto con la otra persona. No. Era un silencio lleno de pensamientos callados, de sentimientos condenados al olvido y de tristezas incomprendidas.

Tumbado en su cama, con ella recostada sobre mí, sintiendo su mirada en mi cara y su respiración en mi pecho, me sentí la persona más indigna del mundo. Muchos me direis “¿Por qué ibas a sentirte así? Hiciste aquello porque ella se lo merecía. Además, no fue tan grave.”. Pero para mí si que lo fue. Significó romper una promesa, a sabiendas de que lo que encontraría haría de mi vida una caída libre al infierno los siguientes meses. Significó dejar de creer en algo mejor. Significó dejar caer la venda que me cegaba y ver las cosas como eran. Debería haber sido capaz de hacer algo al respecto antes de llegar a ese punto, de verlo venir, de salvar algo. No sé si me explico… veamos, se puede ser muy bueno jugando al póker, por ejemplo, pero por muy bueno que seas, si llevas una pareja miserable y el otro una escalera real, digamos que las apuestas no creo que vayan a tu favor.

Me di cuenta que llevábamos unos minutos en silencio, sin movernos siquiera, con Charlie Wilson mirando desde el ordenador, y yo mirando a la pared, con miedo del sentimiento que pensaba encontrar en esos ojos cálidos, con su iris marrón en forma de estrella y esas manchitas verdes entre las puntas invisibles a menos que estés lo suficientemente cerca. No quería ver miedo. No quería ver decepción. No quería ver compasión. Por eso me sentía tan mal en aquel momento. Porque sé que hice mal, y que no puedo arreglarlo, y porque aunque parezca una tontería, no lo fue. No podía mirarle a los ojos sin sentirme algo peor que peor.

Entonces sentí su mano en mi mejilla, suave, como las alas de una mariposa o el roce de una pluma. Diría que se me aceleró el pulso, pero no es así. Veréis, cuando estoy nervioso, el corazón no suele latirme más rápido, sino que me late más fuerte. Cerré los ojos, asustado por lo que no quería ver. Noté las puntas de su pelo sobre mi frente, haciendo una cortina que no dejaba pasar apenas luz. Entreabrí los ojos despacio, lentamente, como cuando sales una mañana de invierno y está todo tan tranquilo que cualquier sonido parece un grito. Estábamos tan cerca que veía como su camiseta se movía con cada uno de mis latidos. Estábamos tan cerca que, más que ver su sonrisa pícara, la intuía. Estábamos tan cerca que notaba su nariz rozando la mía. Entonces se inclinó, y sentí sus labios tanteando los míos, como cuando es la primera vez que bailas con alguien, con suavidad, tímidos. Soy de los que piensan que un beso de verdad solo se siente completamente cuando no hay nada a tu alrededor que te distraiga. Volví a cerrar los ojos y me dejé llevar por sus labios, por su mano en mi mejilla, por su pelo en mi frente y porque, entre tú y yo, ella me encanta.


Dedicado a Laura Fernández Cima aka Xocoa, por los buenos momentos que compartimos juntos, y por las tardes de comer Nocilla a cucharadas =)

Hablemos de Haliax, mientras Haliax duerme...

Muchos conoceréis a Haliax de la mano de Patrick Rothfuss, pero no conocéis al otro Haliax. Este Haliax no es el primero de los Siete, ni le rodea un manto de sombras. Más bien es un chaval de algo más de 20 años, nacido en la Costa Este, en la ciudad de las fallas y del idioma de decir las cosas bonitas. Vamos allá.

Hola, me llamo Borja, y este es el primer Blog que creo, después de ceder a las insistencias de algunas personas, muchos amigos y unos cuantos profesores. En un principio me negaba a crearlo por puro principio personal, es decir, por vaguería, pero bueno, hoy no tengo mucho que hacer, no hay sueño y creo que es una noche perfecta para que nazca algo así, tan buena como cualquier otra. Empecé a escribir en primero de primaria, cuando me aburría en clase y no andaba leyendo por debajo de la mesa cualquier cosa que se me pusiese a tiro, para gran cabreo de mis profesores. Por aquel entonces con 6 añetes mal contados, ya escribía cuentos de aventuras, llenos de imaginación, en los que yo era poco menos que Indiana Jones, contados en primera persona, como buen ególatra que soy a veces. Conforme fui creciendo, dejé de escribir, me dedicaba a leer y leer, desde los libros que mandaban en el colegio, hasta los libros de auto-ayuda de mis padres acerca de cómo criar adolescentes (por aquello de conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo, sin duda). Hace unos cuatro años largos me vine a vivir de Valencia a Madrid, para acabar el Bachillerato y empezar la Universidad, y fue en ese momento cuando empecé a escribir de nuevo, despacio, sin prisas y con timidez. Por eso las entradas que iré publicando serán las que tengo ya escritas, y en cuanto acabe de colgarlas iré actualizando poco a poco. No soy alguien que escribe día sí y día también. Para mí, escribir es una forma de evadirme de la realidad, de enseñarle al mundo cómo me siento, o qué pienso en algún momento, o mi estado de ánimo, a través de cuentos, fragmentos de libros y metáforas. Por eso no suelo escribir entradas cortas, soy más bien de la escuela del "tochopost". Lo que también busco escribiendo, a parte de relajarme y dejar salir la tormenta, es que todo aquél que me lea se identifique, que diga "Yo también me he sentido así alguna vez", que si lee alguna frase que le haya gustado la lea de nuevo y cierre los ojos mientras la piensa, y que si alguien la lee estando desanimado, que piense que no es el único que ha estado en el fango y que se anime a levantar la vista y regalar la mejor de las sonrisas a quienes les rodeamos, porque no hay nada que diga tanto con tan poco como una sonrisa silenciosa. En cuanto a mí, poco queda que contar: Me gusta comer, el mazapán, el chocolate, las tardes de tormenta, el olor de la lluvia, los ojos que cambian de color, las miradas tiernas, los mimos, las sonrisas de lobo y los guiños cómplices. Dormir, soñar aunque no consiga recordar la mayoría de veces, mirar por la ventana la nieve cayendo, las canciones que consiguen erizarte el pelo, las tardes leyendo en la cama, las pachangas de fútbol con los amigos, el hockey hierba, el parkour, los lobos, tirar con arco,  el sonido de una risa sin avisar, ver a una pareja cogerse de la mano mientras pasean, o ver atardecer sobre Madrid mientras vuelvo de la Universidad. Tampoco es mucho, ¿no?.
Demà, més i millor =)